Un día la conocí. O al menos eso creo. Era la reina de un bote de cartón, que navegaba por el medio de la calle. Pero Venecia no era. Después de mi dosis semanal de...(llamémoslo medicina) yo había salido a deambular por las veredas y ahí me enamoré de su sonrisa estúpida, antes de ser de dejarme atraer por su alma, obviamente. No me acuerdo cuando le empecé a hablar, ni en que estación del año estábamos, sobre todo porque pasaba esas charlas intentando memorizar todos los lunares de su cara, y además yo hablaba poco y nada, dejando que ella me llenara de sus travesías épicas, y sonando mucho, muy inteligente, al poder pensar muy bien cada palabra que decía.
Una vez que intimamos un poco (después de 4 o 5 lluvias, en las que yo salía a nadar, y ella gobernar a su pueblo) se animó a demostrarme que su reinado era más bien una farsa tipo URSS, y a mí no me quedó otra que arrasarla con mi imperialismo de mates, consejos, y otras cosas.
Una vez que intimamos un poco (después de 4 o 5 lluvias, en las que yo salía a nadar, y ella gobernar a su pueblo) se animó a demostrarme que su reinado era más bien una farsa tipo URSS, y a mí no me quedó otra que arrasarla con mi imperialismo de mates, consejos, y otras cosas.

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