La verdad es que ya me cuesta mucho escribir: porque lo que sucedió en estas últimas semanas no es algo a lo que alguien como yo este acostumbrado. Y por eso es que aquel yo que escribió todo lo que aparece en este blog, no es mi yo de ahora, sino un yo que más bien me resulta ajeno, extraño, sólo conocido por esas cosas de memorias que parecen ya algo lejanas. A mí no me han enseñado, como a otros, a querer así como así, a conquistar territorios desconocidos. Aprendiendo de grande, viejo (pero a tiempo) domino este arte con la torpeza, pero, a su vez, con el entusiasmo de un principiante. Como el primer ser humano que levantó la cabeza y vio las estrellas, como el chico que patea por primera vez una pelota, me sorprendo al ver que todo esto no se trata del todo de aprender a conocer y querer al otro, sino también de hacerlo con uno mismo. Vos no sabías que yo era así y, francamente, yo tampoco. Y sí: somos patéticos, tímidos e ingenuos. Pero en una de esas (o estas) funciona.
Somos Cabildo y Monroe. Somos Plaza Serrano. Somos el Río de la Plata, con sus muelles y pescadores. Somos Ciudad (universitaria y la otra también).
Con un banquito nos alcanza.

:)
ResponderEliminarNo solo alcanza con el banquito, el banquito es... el absoluto del que habla Oliveira, si el banquito no estuviera... nada seria lo mismo.
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