A veces salgo de mí.
Huyo tratando de abrir puertas que nunca estuvieron abiertas.
Salgo de mí y temo nunca más volver.
Me hundo en la arena que me abraza.
Cuando ya no me queda aire me desentierro; me doy vuelta y me miro.
Y cuando me miro....
Salgo de mí para correr y mirar todas las vidrieras.
Siempre hago todo lo que tengo al alcance para poder entrar a los negocios cerrados.
Cuento las monedas y pierdo los billetes, mientras me olvido de mirar para el costado.
Y cuando miro de nuevo las vidrieras, miro mi reflejo y me miro.
Me miro.
Salgo de mí a morir por ninguna causa,
mientras lo que queda de mí se queda viviendo adentro de la casa.
Salgo de mi a navegar ríos infinitos,
hasta que llego a olvidarme de mí.
De mí.
Salgo de mí hasta olvidarme a dónde voy,
Y salgo para olvidarme de volver.
Y salgo para olvidarme de volver a mirarme.
Porque cuando me miro...
Y tomo todos los trenes que se rompen por si acaso,
con tal de salir.
Y ahora que salí de mí tantas veces, ya no sé si soy el que se queda o el que se va.
Ahora que me perdí y ya no se si alguna vez me encontré, ya no se si soy.
Cada tanto alguien me acompaña en mis travesías.
Otras veces me visitan y me acuerdan de mí.
De mí.
Y cuando me acuerdo ya no sé si me quedé o me fui.
Ya no sé si soy uno o dos.
Y entonces por si acaso me miro.
Me miro.
Al fin me encontré.
Dame la mano.
Acercame tu oreja.
Tengo algo que decir.
Sea feliz, no un idiota!
Si está leyendo esto, no se encuentra perdido.
Intento distraerlo, mientras le ato los cordones de los mocasines.
Intento distraerlo, mientras le ato los cordones de los mocasines.
martes, 12 de marzo de 2019
lunes, 13 de agosto de 2018
Martín
Todo el día el tema estuvo rondando en su cabeza. Y bien sabía que, ahora que esa palabra ya definitivamente rondaba en sus pensamientos, no iba a poder sacársela así nomas. Era posible que eso nunca sucediese finalmente. Pero pensar en el futuro era algo difícil para él. A esa altura de su vida, por ejemplo, todavía no creía entender del todo siquiera cuánto duraba un año.
Sí, no era un estúpido: sabía que un día duraba veinticuatro horas, y que trescientos sesenta y cinco días duraba un año. Salvo los bisiestos. Salvo los bisiestos. El problema era otro. A duras penas recordaba que era lo que hacía o pensaba hace un año. Vaya uno a saber cuales eran sus preocupaciones por aquel entonces. Estaba seguro que no pensaba en nada parecido a lo que pensaba ahora. Ni siquiera se veía igual en la foto del jardín. No era sólo el color del guardapolvo no, ahora era mucho más alto, y estaba casi seguro que tenía menos dientes. Un año era demasiado.
El punto es que, ¿cómo iba a saber lo que es vivir toda una vida, que según lo que sabía duraba unos ochenta años masomenos, si no tenía ningún recuerdo de tres años atrás y toooooda su vida hasta ahora había durado poco más de unos siete años? Sabía su nombre, aunque no recordaba desde hacía cuanto lo sabía. Algo parecido le pasaba con su cumpleaños. Se llamaba Martín (la mayoría de las veces) y cumplía el quince de Julio. No siempre se llamaba Martín (su madre solía referirse a él en términos ridículamente cursis) ni tampoco cumplía años siempre el mismo día. En dos mil dieciocho había caído Domingo y, el año anterior, Sábado.
Y sabía que le gustaba patear pelotas y tirar piedras a los árboles. No le gustaba el colegio, pero le gustaba aprender. (Aunque antes de entrar a primer grado, pensaba que una iba de la mano con la otra). Y sabía que en Boca antes había un jugador que se llamaba Riquelme y su papá le juraba que era muchísimo mejor que Pavón. Y eso que Pavón era el mejor ahora y hasta había ido al mundial.
Sabía que tenía dos primos, un perro y tres abuelos. Que todavía era muy chico para tener un celular. Sabía que la forma de las baldosas era cuadrada y que las estrellas están muy lejos. Que los chicos no podían tomar alcohol ni tampoco opinar de casi ninguna cosa. (Y si lo hacían, rara vez los tomaban en serio). Por eso, tampoco se animaba a decirle a nadie sobre esa palabra que tantas veces había escuchado, pero a la cual recién ahora le había prestado atención. Era mejor, seguramente, investigar por su cuenta.
Era curioso que, a pesar de ser plenamente consciente de que su casa y la calle de su casa, y el barrio donde estaba la calle de su casa y su casa (y las otras calles y casas de su barrio) eran como habían sido siempre, ya no le parecían iguales desde que esa palabra se le había venido a la mente. Y no podía evitar preguntarse porque su papá y su mamá iban a trabajar como siempre todos los días si sabían de esto. Es decir, ellos habían vivido mucho más tiempo que él, y habían sido chicos también alguna vez. Seguro sabían. Todos lo saben, en realidad. Pero, por alguna razón, parecía ser mucho más normal andar por ahí como si nada. Haciéndose los boludos.
En su habitación había un espejo. Martín se miró en él por primera vez. Ya lo había hecho otras veces claro, pero nunca de ese modo. Sintió, por primera vez, que él no era él. Que su reflejo no era el suyo, sino de otro chico de siete años con su misma cara, su mismo pelo y peinado, su misma altura, sus mismos gustos y sus mismos gestos. Todo, todo igual. Sintió por primera vez disociados su cuerpo y su alma (si era que tal cosa existía) y una sensación horripilante y muy oscura se adueño de él. Cerró los ojos muy fuerte y ya no miró más.
Esa noche, y dos o tres más después de esa, no pudo dormir. No podía parar de pensar. Las únicas veces que había dormido mal era porque le dolía la panza (especialmente después de bajarse un paquete de gomitas o comer mucho chocolate o pochoclo o...) o tenía fiebre. Esas noches sin dormir fueron distintas. Martín esperaba su oportunidad para saciar su curiosidad, lo necesitaba, por más terrible que fuese lo que pudiese encontrar.
Un día, sonó el celular de su papá, que salió del living hacia el patio de la casa, dejando su compu prendida, apoyada en la mesa. Martín, que estaba sentado en el piso mirando la tele, vio su oportunidad. Hasta había quedado Google abierto. Martín se había vuelto muy peligroso desde que había aprendido a escribir. Como todos los chicos de su generación, sabía manejar este tipo dispositivos desde mucho antes, casi desde la cuna, pero ahora no sólo abría programas y páginas web guiándose por dibujos, formas y símbolos llamativos. Ahora podía escribir. Y sabía para que se usaba Google, claro. Y sabía como se escribía la palabra que tanto quería buscar. Esa que había carcomido su mente durante todos esos últimos días. Fue buscando las teclas despacio, apretando con su dedo índice cada una de las seis letras que la componían. Fue así que Martín buscó, por primera vez y a su manera, el significado de la palabra muerte.
Sí, no era un estúpido: sabía que un día duraba veinticuatro horas, y que trescientos sesenta y cinco días duraba un año. Salvo los bisiestos. Salvo los bisiestos. El problema era otro. A duras penas recordaba que era lo que hacía o pensaba hace un año. Vaya uno a saber cuales eran sus preocupaciones por aquel entonces. Estaba seguro que no pensaba en nada parecido a lo que pensaba ahora. Ni siquiera se veía igual en la foto del jardín. No era sólo el color del guardapolvo no, ahora era mucho más alto, y estaba casi seguro que tenía menos dientes. Un año era demasiado.
El punto es que, ¿cómo iba a saber lo que es vivir toda una vida, que según lo que sabía duraba unos ochenta años masomenos, si no tenía ningún recuerdo de tres años atrás y toooooda su vida hasta ahora había durado poco más de unos siete años? Sabía su nombre, aunque no recordaba desde hacía cuanto lo sabía. Algo parecido le pasaba con su cumpleaños. Se llamaba Martín (la mayoría de las veces) y cumplía el quince de Julio. No siempre se llamaba Martín (su madre solía referirse a él en términos ridículamente cursis) ni tampoco cumplía años siempre el mismo día. En dos mil dieciocho había caído Domingo y, el año anterior, Sábado.
Y sabía que le gustaba patear pelotas y tirar piedras a los árboles. No le gustaba el colegio, pero le gustaba aprender. (Aunque antes de entrar a primer grado, pensaba que una iba de la mano con la otra). Y sabía que en Boca antes había un jugador que se llamaba Riquelme y su papá le juraba que era muchísimo mejor que Pavón. Y eso que Pavón era el mejor ahora y hasta había ido al mundial.
Sabía que tenía dos primos, un perro y tres abuelos. Que todavía era muy chico para tener un celular. Sabía que la forma de las baldosas era cuadrada y que las estrellas están muy lejos. Que los chicos no podían tomar alcohol ni tampoco opinar de casi ninguna cosa. (Y si lo hacían, rara vez los tomaban en serio). Por eso, tampoco se animaba a decirle a nadie sobre esa palabra que tantas veces había escuchado, pero a la cual recién ahora le había prestado atención. Era mejor, seguramente, investigar por su cuenta.
Era curioso que, a pesar de ser plenamente consciente de que su casa y la calle de su casa, y el barrio donde estaba la calle de su casa y su casa (y las otras calles y casas de su barrio) eran como habían sido siempre, ya no le parecían iguales desde que esa palabra se le había venido a la mente. Y no podía evitar preguntarse porque su papá y su mamá iban a trabajar como siempre todos los días si sabían de esto. Es decir, ellos habían vivido mucho más tiempo que él, y habían sido chicos también alguna vez. Seguro sabían. Todos lo saben, en realidad. Pero, por alguna razón, parecía ser mucho más normal andar por ahí como si nada. Haciéndose los boludos.
En su habitación había un espejo. Martín se miró en él por primera vez. Ya lo había hecho otras veces claro, pero nunca de ese modo. Sintió, por primera vez, que él no era él. Que su reflejo no era el suyo, sino de otro chico de siete años con su misma cara, su mismo pelo y peinado, su misma altura, sus mismos gustos y sus mismos gestos. Todo, todo igual. Sintió por primera vez disociados su cuerpo y su alma (si era que tal cosa existía) y una sensación horripilante y muy oscura se adueño de él. Cerró los ojos muy fuerte y ya no miró más.
Esa noche, y dos o tres más después de esa, no pudo dormir. No podía parar de pensar. Las únicas veces que había dormido mal era porque le dolía la panza (especialmente después de bajarse un paquete de gomitas o comer mucho chocolate o pochoclo o...) o tenía fiebre. Esas noches sin dormir fueron distintas. Martín esperaba su oportunidad para saciar su curiosidad, lo necesitaba, por más terrible que fuese lo que pudiese encontrar.
Un día, sonó el celular de su papá, que salió del living hacia el patio de la casa, dejando su compu prendida, apoyada en la mesa. Martín, que estaba sentado en el piso mirando la tele, vio su oportunidad. Hasta había quedado Google abierto. Martín se había vuelto muy peligroso desde que había aprendido a escribir. Como todos los chicos de su generación, sabía manejar este tipo dispositivos desde mucho antes, casi desde la cuna, pero ahora no sólo abría programas y páginas web guiándose por dibujos, formas y símbolos llamativos. Ahora podía escribir. Y sabía para que se usaba Google, claro. Y sabía como se escribía la palabra que tanto quería buscar. Esa que había carcomido su mente durante todos esos últimos días. Fue buscando las teclas despacio, apretando con su dedo índice cada una de las seis letras que la componían. Fue así que Martín buscó, por primera vez y a su manera, el significado de la palabra muerte.
domingo, 1 de abril de 2018
Pascuas
Todo lo que sueño es esta sombra difusa.
Nunca conocí ningún color.
Mis sueños describen el vientre sensible de un dragón,
rodeado de oro,
y las guerras,
por conquistar su tesoro.
Todo lo que deseo ya lo tengo.
Sólo quiero saber tu sabor.
Lo que tengo se dibuja en tu lengua sensible de mí,
con tu sangre que cubre mi piel,
y tus ojos,
y nuestros dedos,
y todo lo que somos,
todo lo que somos.
Tengo muchas cosas,
y, la mayoría,
tienen que ver con vos y yo.
Cosquillas en el vientre;
fuego en las entrañas.
Mueren todos;
vive el dragón.
Todos respiran dormidos,
y el humo
se llena de nubes.
Llueve y graniza en la pileta y,
mientras se cortan las alas,
nos tiramos de cabeza.
Nunca conocí ningún color.
Mis sueños describen el vientre sensible de un dragón,
rodeado de oro,
y las guerras,
por conquistar su tesoro.
Todo lo que deseo ya lo tengo.
Sólo quiero saber tu sabor.
Lo que tengo se dibuja en tu lengua sensible de mí,
con tu sangre que cubre mi piel,
y tus ojos,
y nuestros dedos,
y todo lo que somos,
todo lo que somos.
Tengo muchas cosas,
y, la mayoría,
tienen que ver con vos y yo.
Cosquillas en el vientre;
fuego en las entrañas.
Mueren todos;
vive el dragón.
Todos respiran dormidos,
y el humo
se llena de nubes.
Llueve y graniza en la pileta y,
mientras se cortan las alas,
nos tiramos de cabeza.
lunes, 12 de marzo de 2018
Trece minutos
No es un destino. Somos un bolero rodando en el aire. Somos este evidente presente que, casi por definición, comete la torpeza de ser pasajero. Somos, vos y yo, sin poder evitarlo, lo que somos ahora.
Siempre es un buen momento para escuchar esa música. Siempre es un buen momento para un insomnio y una ligera borrachera. Y siempre sé de que se trata lo que quiero escribir.
Mis sábanas blancas siempre se ven. Siempre se ven gracias a que son iluminadas, siempre, por la misma luz. Siempre es esa la luz que no se apaga nunca. Como esa música épica de fondo, que siempre me suena a estribillo.
Nunca es suficiente. Todo es épico y estimulante. Así será mientras dure, lo que dure esta canción. A veces, sólo se trata de detenerse a escuchar.
sábado, 17 de febrero de 2018
Color
Te veo acá. Me mirás de cerca. Me mirás y me decís que ya terminaste de comer. Que ya tragaste el último bocado. Cuando te beso todavía tenés gusto a jugo y chocolate.
Sí, creo recordar que así se sintió.
Recuerdo la vieja tele Grundig del año 1980 (y algo) que había en la casa de mis viejos. El primitivo control remoto (no volví a ver ninguno con un diseño similar) hacía rato que no funcionaba y, entonces, no quedaba otra que levantarse del sillón para operar el aparato usando el teclado dispuesto sobre el mismo. El punto es que, la sensación de tocarte es muy parecida a esa que sentía al apagar la tele y poner la mano cerca de la pantalla en el instante posterior, con la estática recorriendo mis dedos.
Siento claramente tus dedos entre los míos y esos abrazos tan fuertes que duelen. Se me dibujan tus uñas pintadas de rosa y tus labios pintados de rojo. Veo una foto que enfoca a un cuenco con comida rusa, porque el comensal no quiere salir en ella. Sólo deja ver su torso y sus brazos. La remera blanca ajustada resalta sus senos.
Hablamos de todo. Nos acostamos y nos dormimos. Despertamos para mirarnos un instante y volvernos a dormir. Permanecemos acostados mirando las redes sociales mientras el otro va al baño. Nos respondemos todas las historias que retratan la vista del balconcito. Recogemos, cada tanto, los envoltorios de preservativos usados. Me acompañas a tomar una birra; te acompaño hasta el auto. Me acercás a la parada y a la estación. Nos extrañamos. Nos bancamos. Si nos quedamos sin jugo vamos a comprar al chino o al Día o al Coto. Sino, cada tanto preparás un jugo de sobre. Me levanto temprano, me ducho y te miro acostada, y te ataco para levantarte. Pedimos comida y siempre sobra. Si estamos ratas comemos fideos. Nos emborrachamos de tanto estar juntos y nos decimos reiteradamente un millón de veces que somos lindos.
Pienso en vos hasta en los momentos más ridículos.
Recuerdo la vieja tele Grundig del año 1980 que había en la casa de mis viejos. Me acuerdo del viejo control remoto. Y también me olvido, a veces, de muchas otras cosas.
Sí, creo recordar que así se sintió.
Recuerdo la vieja tele Grundig del año 1980 (y algo) que había en la casa de mis viejos. El primitivo control remoto (no volví a ver ninguno con un diseño similar) hacía rato que no funcionaba y, entonces, no quedaba otra que levantarse del sillón para operar el aparato usando el teclado dispuesto sobre el mismo. El punto es que, la sensación de tocarte es muy parecida a esa que sentía al apagar la tele y poner la mano cerca de la pantalla en el instante posterior, con la estática recorriendo mis dedos.
Siento claramente tus dedos entre los míos y esos abrazos tan fuertes que duelen. Se me dibujan tus uñas pintadas de rosa y tus labios pintados de rojo. Veo una foto que enfoca a un cuenco con comida rusa, porque el comensal no quiere salir en ella. Sólo deja ver su torso y sus brazos. La remera blanca ajustada resalta sus senos.
Hablamos de todo. Nos acostamos y nos dormimos. Despertamos para mirarnos un instante y volvernos a dormir. Permanecemos acostados mirando las redes sociales mientras el otro va al baño. Nos respondemos todas las historias que retratan la vista del balconcito. Recogemos, cada tanto, los envoltorios de preservativos usados. Me acompañas a tomar una birra; te acompaño hasta el auto. Me acercás a la parada y a la estación. Nos extrañamos. Nos bancamos. Si nos quedamos sin jugo vamos a comprar al chino o al Día o al Coto. Sino, cada tanto preparás un jugo de sobre. Me levanto temprano, me ducho y te miro acostada, y te ataco para levantarte. Pedimos comida y siempre sobra. Si estamos ratas comemos fideos. Nos emborrachamos de tanto estar juntos y nos decimos reiteradamente un millón de veces que somos lindos.
Pienso en vos hasta en los momentos más ridículos.
Recuerdo la vieja tele Grundig del año 1980 que había en la casa de mis viejos. Me acuerdo del viejo control remoto. Y también me olvido, a veces, de muchas otras cosas.
domingo, 17 de diciembre de 2017
Gotas
Y al fin te encontré y pude mirarte directamente a los ojos. Y al fin las paredes hablan y dibujan con sol y agua todo lo que en ellos se refleja. Verdes y marrones son los colores de las gotas que caen sobre tus cuencas y los forman.
Cae el sol y las gotas sobre el río. Crece el calor y el pasto y los bichos. Ya no recordamos el principio del fin de nuestra historia, mas ya sabemos como terminan todos los finales. De los Incas, Elcano, Crámer, Virrey del Pino y José Hernandez. Y hasta Pampa y Vidal. También te encontré en unos boletos de cine, en un vaso de birra y en un gol de Palermo. Te encontré en mis brazos y en Pinamar. Te encontré en la tormenta y en todos los fuegos. Te quiero hasta en los pelos de la nariz.
En algún lugar yo me había perdido, pero hoy me quedo tranquilo. Hoy te miré y recordé. No me acuerdo de nada. Pero hoy me encontré. No sé donde, pero en algún lugar yo estoy. Y ese es el fin.
Cae el sol y las gotas sobre el río. Crece el calor y el pasto y los bichos. Ya no recordamos el principio del fin de nuestra historia, mas ya sabemos como terminan todos los finales. De los Incas, Elcano, Crámer, Virrey del Pino y José Hernandez. Y hasta Pampa y Vidal. También te encontré en unos boletos de cine, en un vaso de birra y en un gol de Palermo. Te encontré en mis brazos y en Pinamar. Te encontré en la tormenta y en todos los fuegos. Te quiero hasta en los pelos de la nariz.
En algún lugar yo me había perdido, pero hoy me quedo tranquilo. Hoy te miré y recordé. No me acuerdo de nada. Pero hoy me encontré. No sé donde, pero en algún lugar yo estoy. Y ese es el fin.
jueves, 26 de octubre de 2017
Todos mis Octubres
Es extraño tener recuerdos frescos de cosas que pasaron hace veinte años.
El día que Maradona jugó su último partido, vaya paradoja, fue el día me interesé en el fútbol. Tenía 8 años e iba a segundo grado. Diego ese día no pudo con su alma y poco hizo por Boca. Recuerdo la cortina de Bermúdez a Burgos. Y recuerdo aún más a Palermo colgándose del cielo sin bajarse nunca, como haría tantas otras veces después, sacándose la camiseta en el festejo y tirándola por ahí, vaya uno a saber dónde, bajo la lluvia de Nuñez. Una lluvia que, después de un pesado día de Octubre, trajo alivio. Y sí, también me acuerdo que era ese mismo Palermo de pelo platinado que sería un póster de mi pieza varios años, con una remera de Pepsi parte de una campaña publicitaria.
Doce años después, Martín haría el mismo gol, bajo la misma lluvia, en el mismo estadio y también contra un equipo de camiseta con una banda roja sobre fondo blanco. En 1997 Palermo, luego máximo goleador histórico de Boca, era aún mirado con cierto recelo por los hinchas hasta junto antes de meter ese gol. Y en 2009 redimiría su imagen con la camiseta de la selección Argentina, salvándola de la eliminación contra Perú. Y yo acá acordándome que Riquelme, sin usar la 10, porque todavía era de Diego, entró a jugar el segundo tiempo de ese partido de hace ya veinte años.
Yo acá pensando en que es Octubre y mañana me recibo. Que el primer Viernes de este mes te recibiste vos y este, a la misma ahora, y en la misma aula, me toca a mí. No es mucha diferencia, tres semanas...que puede pasar en el lapso de tres semanas? Acaso había tiempo de que pasase algo en esos dos fines de semana entre tu recibida y la mía?
Practicaste tu charla conmigo y nos dimos un abrazo, y ayer me devolviste el favor. Y hoy me terminé lo que quedaba de esa pizza horrible.
Pueden pasar muchas cosas en Octubre. Y el tiempo es. No quiero caer en la boludez y decir que es "relativo"...pero el tiempo tiene esas cosas. En apenas un par de semanas pueden pasar cosas y, sin embargo, muchas cosas que pensábamos muy duraderas ya no están: Palermo y Riquelme, por ejemplo, en 1997, eran más jóvenes que vos ahora y, sin embargo, sólo 20 años después, a esto que es el fútbol ya hace un rato largo que no juegan. Es como si una parte de ellos (y de mí) se hubiese muerto para siempre en un derroche de nostalgia.
Y todo esto que pienso pasó hace dos décadas. Y también pasó hace dos semanas.
Y en 2009, ese día de Octubre de la redención de Palermo con la selección, yo cursaba el primer cuatrimestre en la facultad...y estaba lejísimos de conocerte y por supuesto ya a esa altura me sonaban muy lejanos mis recuerdos del River-Boca de 1997.
No sé porque estoy metiendo lo nuestro en mis recuerdos de fútbol. No sé porque recuerdo tantas cosas de hace tanto tiempo con tanto detalle y todavía no sé cual es el modelo de tu auto, a pesar de que volví a subirme ayer, y a pesar de que me volviste a decir cual era el Sábado pasado.
¿cómo hago para olvidar ese gol de Palermo?¿cómo hago para recordar todo lo que va a pasar mañana?
Mejor bailemos y no nos digamos nada. Nunca más.
El día que Maradona jugó su último partido, vaya paradoja, fue el día me interesé en el fútbol. Tenía 8 años e iba a segundo grado. Diego ese día no pudo con su alma y poco hizo por Boca. Recuerdo la cortina de Bermúdez a Burgos. Y recuerdo aún más a Palermo colgándose del cielo sin bajarse nunca, como haría tantas otras veces después, sacándose la camiseta en el festejo y tirándola por ahí, vaya uno a saber dónde, bajo la lluvia de Nuñez. Una lluvia que, después de un pesado día de Octubre, trajo alivio. Y sí, también me acuerdo que era ese mismo Palermo de pelo platinado que sería un póster de mi pieza varios años, con una remera de Pepsi parte de una campaña publicitaria.
Doce años después, Martín haría el mismo gol, bajo la misma lluvia, en el mismo estadio y también contra un equipo de camiseta con una banda roja sobre fondo blanco. En 1997 Palermo, luego máximo goleador histórico de Boca, era aún mirado con cierto recelo por los hinchas hasta junto antes de meter ese gol. Y en 2009 redimiría su imagen con la camiseta de la selección Argentina, salvándola de la eliminación contra Perú. Y yo acá acordándome que Riquelme, sin usar la 10, porque todavía era de Diego, entró a jugar el segundo tiempo de ese partido de hace ya veinte años.
Yo acá pensando en que es Octubre y mañana me recibo. Que el primer Viernes de este mes te recibiste vos y este, a la misma ahora, y en la misma aula, me toca a mí. No es mucha diferencia, tres semanas...que puede pasar en el lapso de tres semanas? Acaso había tiempo de que pasase algo en esos dos fines de semana entre tu recibida y la mía?
Practicaste tu charla conmigo y nos dimos un abrazo, y ayer me devolviste el favor. Y hoy me terminé lo que quedaba de esa pizza horrible.
Pueden pasar muchas cosas en Octubre. Y el tiempo es. No quiero caer en la boludez y decir que es "relativo"...pero el tiempo tiene esas cosas. En apenas un par de semanas pueden pasar cosas y, sin embargo, muchas cosas que pensábamos muy duraderas ya no están: Palermo y Riquelme, por ejemplo, en 1997, eran más jóvenes que vos ahora y, sin embargo, sólo 20 años después, a esto que es el fútbol ya hace un rato largo que no juegan. Es como si una parte de ellos (y de mí) se hubiese muerto para siempre en un derroche de nostalgia.
Y todo esto que pienso pasó hace dos décadas. Y también pasó hace dos semanas.
Y en 2009, ese día de Octubre de la redención de Palermo con la selección, yo cursaba el primer cuatrimestre en la facultad...y estaba lejísimos de conocerte y por supuesto ya a esa altura me sonaban muy lejanos mis recuerdos del River-Boca de 1997.
No sé porque estoy metiendo lo nuestro en mis recuerdos de fútbol. No sé porque recuerdo tantas cosas de hace tanto tiempo con tanto detalle y todavía no sé cual es el modelo de tu auto, a pesar de que volví a subirme ayer, y a pesar de que me volviste a decir cual era el Sábado pasado.
¿cómo hago para olvidar ese gol de Palermo?¿cómo hago para recordar todo lo que va a pasar mañana?
Mejor bailemos y no nos digamos nada. Nunca más.
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