Ahora pienso en la última vez. La última vez que te ví. La última mirada. El último beso antes de cerrar la puerta del taxi esa mañana que rápido, demasiado rápido, se fue rodando por Crámer.
Un ratito antes habíamos separado los alfajores cordobeses que nos trajimos del viaje. Una caja cada uno. Me dirás que no comiste ninguno días más tarde, cuando yo ya haya terminado la mitad. La bolsa que llevaba los alfajores era la única cosa de nuestro equipaje que tenía cosas de los dos. Sacar mi caja de ahí fue para mí la realización parcial de que estábamos en cuarentena. Una palabra que espero no volver a escribir. Vos ya te habías dado cuenta totalmente: lo supe a través de tus ojos, que siempre tienen la costumbre de decir en voz alta cuando alguna cosa no está bien. Es que se vuelven algo más verdes cuando eso pasa, volviendólos más hermosos y terribles al mismo tiempo. Pero te bese igual. Nos besamos igual una última vez, para que el tiempo que pasase antes de volver a hacerlo fuese lo más corto posible.
Y Julio Cortázar escribe hace como cincuenta años en Libro de Manuel (para que yo lo pueda leer hace tres días) alguna referencia a alfajores cordobeses. Sí, cuenta que unos tipos al llegar a Francia los llevan de regalo y dos de los personajes se los morfan en el viaje mientras otros se cuentan las novedades, sin dejar nada para compartir al resto. Me acuerdo que una era Ludmilla, que forma un triángulo amoroso con Andrés y Marcos. Pero hasta ese momento del libro sólo Andrés.
Y tu auto blanco también había pasado, aunque de noche, muy cerca de casa, como el taxi. Algo así como exactamente a la vuelta, antes de girar por de los Incas. Por alguna razón, me percato recién ahora que se va a Urquiza por Crámer y a San Justo por de los Incas.
Sobre aquella noche había escrito: ¨Entre Belgrano y Colegiales me perdí, mientras tu auto blanco daba la vuelta por de los Incas¨ o algo por el estilo. También había escrito sobre tus medias de colores, sobre un vaso de jugo cepita que te serví, sobre vos y yo sentados sobre mi sillón mugriento rojo.
El taxi es amarillo y negro. Tu auto era blanco. Mi sillón no está limpio, pero seguro no está tan sucio como lo estaba el rojo y además ahora es amarillo. De los Incas hoy es Crámer, etc. Podríamos seguir así toda la vida, vos me entendés.
Me había perdido entre dos barrios esa noche. Hoy, y desde esa mañana, no encuentro señal para que me guíe el GPS a través de mi monoambiente. Es que de algún modo, quiero llegar al balcón donde te asomaste ese día. Volver a sentarnos en el sillón. Volver a darnos un último/primer beso.
Sea feliz, no un idiota!
Si está leyendo esto, no se encuentra perdido.
Intento distraerlo, mientras le ato los cordones de los mocasines.
Intento distraerlo, mientras le ato los cordones de los mocasines.
martes, 24 de marzo de 2020
miércoles, 19 de febrero de 2020
2001
Me pongo el casco. Se me enrieda una correa. Me miro en el espejo para poder ver bien como y donde se enredó. Ya está. Abrocho hasta que hace click. Me siento en un asiento al que ya se le ve la goma espuma. Y entonces recuerdo la primera vez que te ví.
Exactamente ahora abro los ojos y veo. La persianas del kiosco Bariloche están bajas. Nunca las persianas del Bariloche están bajas, pero hoy sí. Hoy sí.
Cierro los ojos y los vuelvo a abrir. El tío Claudio, como siempre, tiene que parar en un montón de otros talleres a descargar y volver a subir piezas. El tío Claudio, como nunca, pasa por todas las calles donde arden fuegos de humo negro por las gomas.
Así, abro y cierro los ojos muchas veces.
En el club Independiente algunos pibes se lo toman en joda. Declararon el estado de sitio! Vuelven los milicos!
Parpadeo.
En Telefé pasan una novela de Chayanne y Araceli González.
Parpadeo.
Eugenia Tapia de Cruz; vacía. El kiosco bariloche; cerrado.
Parpadeo.
Racing campeón en el buffet del Independiente.
Parpadeo.
Palabras clave: helicóptero, cacerolas. Ya nadie dice nada del riesgo país. Seguro que sube.
Parpadeo.
A una de mis hermanas le regalaron una amarilla para navidad. A la otra una gris y, a mí, una roja. Estaban de oferta a $70 pesos en el súper recién inaugurado.
Ojos cerrados.
Vuela la tierra, muy seca por el calor. Cada tanto doña Vicenta sale en corpiño a regar la calle.
Abro parentesís
Y la puta madre este teclado yanqui que no viene con eñes y yo ya tuve que escribir tres en las últimas oraciones y los acentos son más fáciles pero igual!
Cierro parentesís.
Parpadeo.
Vamos juntos hasta el final de la calle que a veces riega Vicenta, ahí donde termina el mundo y también el barrio los perales, justo al lado vivero de Ueki, y volvemos muchas veces, acompañados de los ladridos de los perros, que no se molestan en hacerlo sincronizadamente.
Ojos abiertos sin parpadear.
Te quedás afuera esperándome en el patio dónde estudio Inglés, ahí por Gelves y la 25. Me acuerdo del día que sin querer me hiciste tropezar porque andabámos boludeando como siempre y me la di contra el asfalto. Los señores que pasaban por ahí me preguntaron si estaba bien. La verdad es que tenía varios raspones (tengo marquitas en los brazos hasta hoy) pero fui igual a la clase. Me parecía gracioso que se me ensuciase la carpeta con sangre. Pero yo ya te había perdonado antes de que me comprases el cuarto kilo de helado a la vuelta. Creo que (aunque no me lo diga) mi vieja tenía miedo por lo que me pasó y hubiese preferido que ya no paseemos más juntos.
Me arden. Los ojos. Los tengo que cerrar. Aún así, te puedo mirar.
Un día, vamos a Pilar ida y vuelta. Otro día vamos a comprar helado, pero no tienen hielo seco. Nos la jugamos y compramos igual y llega a lo de Ari totalmente derretido, convertido en una pasta homogénea de un color que ya no me acuerdo. Vamos a jugar al fútbol mil veces y media. Y una vez hasta vamos con otra pareja a una casaquinta a un cumple de un pariente de uno de elles. Cuando vos y yo nos juntamos, nunca nos quedamos quietos.
Ojos bien abiertos.
Estuvimos separados unos meses, hasta que vos también viniste para acá un día. Casualmente, te alcanzó el tío Claudio en uno de sus viajes. Eras la misma y al mismo tiempo mejor. Y no mucho después terminamos viviendo juntos. Yo sé que los años pasan y las cosas se desgastan, pero si lo nuestro supo emerger en medio del 2001 y trascender a lo largo de todos estos años, no veo porque carajo no podemos seguir pedaleando juntos por un rato largo, aunque a veces haga falta hacer algunos arreglos.
Exactamente ahora abro los ojos y veo. La persianas del kiosco Bariloche están bajas. Nunca las persianas del Bariloche están bajas, pero hoy sí. Hoy sí.
Cierro los ojos y los vuelvo a abrir. El tío Claudio, como siempre, tiene que parar en un montón de otros talleres a descargar y volver a subir piezas. El tío Claudio, como nunca, pasa por todas las calles donde arden fuegos de humo negro por las gomas.
Así, abro y cierro los ojos muchas veces.
En el club Independiente algunos pibes se lo toman en joda. Declararon el estado de sitio! Vuelven los milicos!
Parpadeo.
En Telefé pasan una novela de Chayanne y Araceli González.
Parpadeo.
Eugenia Tapia de Cruz; vacía. El kiosco bariloche; cerrado.
Parpadeo.
Racing campeón en el buffet del Independiente.
Parpadeo.
Palabras clave: helicóptero, cacerolas. Ya nadie dice nada del riesgo país. Seguro que sube.
Parpadeo.
A una de mis hermanas le regalaron una amarilla para navidad. A la otra una gris y, a mí, una roja. Estaban de oferta a $70 pesos en el súper recién inaugurado.
Ojos cerrados.
Vuela la tierra, muy seca por el calor. Cada tanto doña Vicenta sale en corpiño a regar la calle.
Abro parentesís
Y la puta madre este teclado yanqui que no viene con eñes y yo ya tuve que escribir tres en las últimas oraciones y los acentos son más fáciles pero igual!
Cierro parentesís.
Parpadeo.
Vamos juntos hasta el final de la calle que a veces riega Vicenta, ahí donde termina el mundo y también el barrio los perales, justo al lado vivero de Ueki, y volvemos muchas veces, acompañados de los ladridos de los perros, que no se molestan en hacerlo sincronizadamente.
Ojos abiertos sin parpadear.
Te quedás afuera esperándome en el patio dónde estudio Inglés, ahí por Gelves y la 25. Me acuerdo del día que sin querer me hiciste tropezar porque andabámos boludeando como siempre y me la di contra el asfalto. Los señores que pasaban por ahí me preguntaron si estaba bien. La verdad es que tenía varios raspones (tengo marquitas en los brazos hasta hoy) pero fui igual a la clase. Me parecía gracioso que se me ensuciase la carpeta con sangre. Pero yo ya te había perdonado antes de que me comprases el cuarto kilo de helado a la vuelta. Creo que (aunque no me lo diga) mi vieja tenía miedo por lo que me pasó y hubiese preferido que ya no paseemos más juntos.
Me arden. Los ojos. Los tengo que cerrar. Aún así, te puedo mirar.
Un día, vamos a Pilar ida y vuelta. Otro día vamos a comprar helado, pero no tienen hielo seco. Nos la jugamos y compramos igual y llega a lo de Ari totalmente derretido, convertido en una pasta homogénea de un color que ya no me acuerdo. Vamos a jugar al fútbol mil veces y media. Y una vez hasta vamos con otra pareja a una casaquinta a un cumple de un pariente de uno de elles. Cuando vos y yo nos juntamos, nunca nos quedamos quietos.
Ojos bien abiertos.
Estuvimos separados unos meses, hasta que vos también viniste para acá un día. Casualmente, te alcanzó el tío Claudio en uno de sus viajes. Eras la misma y al mismo tiempo mejor. Y no mucho después terminamos viviendo juntos. Yo sé que los años pasan y las cosas se desgastan, pero si lo nuestro supo emerger en medio del 2001 y trascender a lo largo de todos estos años, no veo porque carajo no podemos seguir pedaleando juntos por un rato largo, aunque a veces haga falta hacer algunos arreglos.
martes, 4 de febrero de 2020
Melián
Entre vos y yo cabe apenas un barrio o tal vez la mitad. Aunque entre vos y yo cabe todo un medio barrio o tal vez un barrio entero. Hay ventanas con antiguos marcos de madera, verdulerías con frutillas demasiado caras y supermercados chinos con la birra bien fría.
Tenemos muchas piedras, demasiadas, como para poder llegar a cualquier panadería y todos los ascensores nos suben y nos bajan demasiado despacio antes de poder llegar (salir). Se nos cae siempre el sol por el balcón justo cuando nos olvidamos de regar las plantas. Y, sin embargo, ellas crecen en las macetas para espantar nuestras palomas que dejan entonces de ser nuestras y vaya uno a saber si son libres.
Y en el medio, mientras camino, Melián.
Llueven plazas en los adoquines de Verano cuando vamos a vernos, porque, como vos ya bien dijiste, siempre hay una heladería entre nosotros, justo en el medio. Y al final, sea lo que sea el barrio y las muchas (pocas) cuadras que nos separan (acercan) siempre todas nuestras experiencias oscilan entre comidas y soles; sillones y ojos; sabores y miradas.
Y en el medio del medio barrio me detengo y dejo de caminar para mirar una calle con muchos árboles.
Pero no vale la pena tampoco quedarme demasiado.
Tenemos muchas piedras, demasiadas, como para poder llegar a cualquier panadería y todos los ascensores nos suben y nos bajan demasiado despacio antes de poder llegar (salir). Se nos cae siempre el sol por el balcón justo cuando nos olvidamos de regar las plantas. Y, sin embargo, ellas crecen en las macetas para espantar nuestras palomas que dejan entonces de ser nuestras y vaya uno a saber si son libres.
Y en el medio, mientras camino, Melián.
Llueven plazas en los adoquines de Verano cuando vamos a vernos, porque, como vos ya bien dijiste, siempre hay una heladería entre nosotros, justo en el medio. Y al final, sea lo que sea el barrio y las muchas (pocas) cuadras que nos separan (acercan) siempre todas nuestras experiencias oscilan entre comidas y soles; sillones y ojos; sabores y miradas.
Y en el medio del medio barrio me detengo y dejo de caminar para mirar una calle con muchos árboles.
Pero no vale la pena tampoco quedarme demasiado.
martes, 26 de noviembre de 2019
Configuración
Cuando son más de las 12, busco encontrar de una vez por todas algo de mis propios pensamientos. En lugar de eso, me pierdo en mis boludeces. Juego cambiando la configuración del teclado hasta poder hacer que hable castellano. Y googleo como escribir las tildes y la ñ.
Ya parece un teclado normal ahora para la parte de las tildes, mas no para escribir la ñ. Intentaré actuar con premura y no caer en mi atolondrada torpeza y en una de esas, sin querer, escribir una palabra que contenga esa letra. Puedo decir que me voy a duchar o a asear, por ejemplo, en lugar de decir esa otra palabra que contiene esa letra, esa letra que en mi teclado todavía me cuesta mucho escribir y ya fácilmente ustedes se imaginan la letra y la palabra a las que me refiero. Eso me recuerda que hay palabras (más que letras) que también son difíciles de escribir, pero eso, ya sabemos, nada tiene que ver con el teclado, ni con el tema que en este texto nos compete.
Aun así, dado que dudo que este texto lleve hacia algún lado, y que dudo que haya algo que realmente nos competa un Martes húmedo y pegajoso, voy a extender un poco la reflexión final del párrafo anterior. Algunas palabras son aún más difíciles de decir que de escribir: Otorrinolaringología, por decir apenas una (claramente la busqué, la copié, y la pegué acá; no iba a ser tan ingenuo de tratar de escribirla yo).
Aunque vos y yo seguro pensábamos palabras más cortas, no? No sé el resto. En fin, vamos bien. Pero, siento que lentamente me duermo, y una palabra con esa letra se apoderá de mí, y pienso en el día que sigue al día de hoy, porque no tengo ganas de usar esa letra, ni romperme la cabeza pensando en sinónimos.
Y por eso ahora ya esto se termina (sí, ya) con vos y conmigo. Porque si hay letras difíciles de tipear, palabras difíciles de pronunciar y, sobre todo, frases que no se pueden decir, esto se convierte en un mensaje parcialmente censurado y carente de contenido. Y solo decimos estas cosas, y usamos todas estas palabras, porque no nos animamos nunca a decir, las pocas que importan.
Y por eso vale la pena escribir la ñ aunque cueste (ya no tanto) y pensar las palabras que pienso y decirte que hoy, como siempre, voy a soñar con vos. Que mañana, cuando me levante, voy a seguir del mismo modo, pensando en vos mientras me esté bañando hasta que la hechizo se haga añicos al subirme a mi bici oxidada y esfumarme en el asfalto con otras bicis, autos, taxis, colectivos, camiones, fletes, perros, supermercados y agua podrida bajo un sol porteño.
Y después te digo que pienso.
Ya parece un teclado normal ahora para la parte de las tildes, mas no para escribir la ñ. Intentaré actuar con premura y no caer en mi atolondrada torpeza y en una de esas, sin querer, escribir una palabra que contenga esa letra. Puedo decir que me voy a duchar o a asear, por ejemplo, en lugar de decir esa otra palabra que contiene esa letra, esa letra que en mi teclado todavía me cuesta mucho escribir y ya fácilmente ustedes se imaginan la letra y la palabra a las que me refiero. Eso me recuerda que hay palabras (más que letras) que también son difíciles de escribir, pero eso, ya sabemos, nada tiene que ver con el teclado, ni con el tema que en este texto nos compete.
Aun así, dado que dudo que este texto lleve hacia algún lado, y que dudo que haya algo que realmente nos competa un Martes húmedo y pegajoso, voy a extender un poco la reflexión final del párrafo anterior. Algunas palabras son aún más difíciles de decir que de escribir: Otorrinolaringología, por decir apenas una (claramente la busqué, la copié, y la pegué acá; no iba a ser tan ingenuo de tratar de escribirla yo).
Aunque vos y yo seguro pensábamos palabras más cortas, no? No sé el resto. En fin, vamos bien. Pero, siento que lentamente me duermo, y una palabra con esa letra se apoderá de mí, y pienso en el día que sigue al día de hoy, porque no tengo ganas de usar esa letra, ni romperme la cabeza pensando en sinónimos.
Y por eso ahora ya esto se termina (sí, ya) con vos y conmigo. Porque si hay letras difíciles de tipear, palabras difíciles de pronunciar y, sobre todo, frases que no se pueden decir, esto se convierte en un mensaje parcialmente censurado y carente de contenido. Y solo decimos estas cosas, y usamos todas estas palabras, porque no nos animamos nunca a decir, las pocas que importan.
Y por eso vale la pena escribir la ñ aunque cueste (ya no tanto) y pensar las palabras que pienso y decirte que hoy, como siempre, voy a soñar con vos. Que mañana, cuando me levante, voy a seguir del mismo modo, pensando en vos mientras me esté bañando hasta que la hechizo se haga añicos al subirme a mi bici oxidada y esfumarme en el asfalto con otras bicis, autos, taxis, colectivos, camiones, fletes, perros, supermercados y agua podrida bajo un sol porteño.
Y después te digo que pienso.
martes, 12 de marzo de 2019
Viajes
A veces salgo de mí.
Huyo tratando de abrir puertas que nunca estuvieron abiertas.
Salgo de mí y temo nunca más volver.
Me hundo en la arena que me abraza.
Cuando ya no me queda aire me desentierro; me doy vuelta y me miro.
Y cuando me miro....
Salgo de mí para correr y mirar todas las vidrieras.
Siempre hago todo lo que tengo al alcance para poder entrar a los negocios cerrados.
Cuento las monedas y pierdo los billetes, mientras me olvido de mirar para el costado.
Y cuando miro de nuevo las vidrieras, miro mi reflejo y me miro.
Me miro.
Salgo de mí a morir por ninguna causa,
mientras lo que queda de mí se queda viviendo adentro de la casa.
Salgo de mi a navegar ríos infinitos,
hasta que llego a olvidarme de mí.
De mí.
Salgo de mí hasta olvidarme a dónde voy,
Y salgo para olvidarme de volver.
Y salgo para olvidarme de volver a mirarme.
Porque cuando me miro...
Y tomo todos los trenes que se rompen por si acaso,
con tal de salir.
Y ahora que salí de mí tantas veces, ya no sé si soy el que se queda o el que se va.
Ahora que me perdí y ya no se si alguna vez me encontré, ya no se si soy.
Cada tanto alguien me acompaña en mis travesías.
Otras veces me visitan y me acuerdan de mí.
De mí.
Y cuando me acuerdo ya no sé si me quedé o me fui.
Ya no sé si soy uno o dos.
Y entonces por si acaso me miro.
Me miro.
Al fin me encontré.
Dame la mano.
Acercame tu oreja.
Tengo algo que decir.
Huyo tratando de abrir puertas que nunca estuvieron abiertas.
Salgo de mí y temo nunca más volver.
Me hundo en la arena que me abraza.
Cuando ya no me queda aire me desentierro; me doy vuelta y me miro.
Y cuando me miro....
Salgo de mí para correr y mirar todas las vidrieras.
Siempre hago todo lo que tengo al alcance para poder entrar a los negocios cerrados.
Cuento las monedas y pierdo los billetes, mientras me olvido de mirar para el costado.
Y cuando miro de nuevo las vidrieras, miro mi reflejo y me miro.
Me miro.
Salgo de mí a morir por ninguna causa,
mientras lo que queda de mí se queda viviendo adentro de la casa.
Salgo de mi a navegar ríos infinitos,
hasta que llego a olvidarme de mí.
De mí.
Salgo de mí hasta olvidarme a dónde voy,
Y salgo para olvidarme de volver.
Y salgo para olvidarme de volver a mirarme.
Porque cuando me miro...
Y tomo todos los trenes que se rompen por si acaso,
con tal de salir.
Y ahora que salí de mí tantas veces, ya no sé si soy el que se queda o el que se va.
Ahora que me perdí y ya no se si alguna vez me encontré, ya no se si soy.
Cada tanto alguien me acompaña en mis travesías.
Otras veces me visitan y me acuerdan de mí.
De mí.
Y cuando me acuerdo ya no sé si me quedé o me fui.
Ya no sé si soy uno o dos.
Y entonces por si acaso me miro.
Me miro.
Al fin me encontré.
Dame la mano.
Acercame tu oreja.
Tengo algo que decir.
lunes, 13 de agosto de 2018
Martín
Todo el día el tema estuvo rondando en su cabeza. Y bien sabía que, ahora que esa palabra ya definitivamente rondaba en sus pensamientos, no iba a poder sacársela así nomas. Era posible que eso nunca sucediese finalmente. Pero pensar en el futuro era algo difícil para él. A esa altura de su vida, por ejemplo, todavía no creía entender del todo siquiera cuánto duraba un año.
Sí, no era un estúpido: sabía que un día duraba veinticuatro horas, y que trescientos sesenta y cinco días duraba un año. Salvo los bisiestos. Salvo los bisiestos. El problema era otro. A duras penas recordaba que era lo que hacía o pensaba hace un año. Vaya uno a saber cuales eran sus preocupaciones por aquel entonces. Estaba seguro que no pensaba en nada parecido a lo que pensaba ahora. Ni siquiera se veía igual en la foto del jardín. No era sólo el color del guardapolvo no, ahora era mucho más alto, y estaba casi seguro que tenía menos dientes. Un año era demasiado.
El punto es que, ¿cómo iba a saber lo que es vivir toda una vida, que según lo que sabía duraba unos ochenta años masomenos, si no tenía ningún recuerdo de tres años atrás y toooooda su vida hasta ahora había durado poco más de unos siete años? Sabía su nombre, aunque no recordaba desde hacía cuanto lo sabía. Algo parecido le pasaba con su cumpleaños. Se llamaba Martín (la mayoría de las veces) y cumplía el quince de Julio. No siempre se llamaba Martín (su madre solía referirse a él en términos ridículamente cursis) ni tampoco cumplía años siempre el mismo día. En dos mil dieciocho había caído Domingo y, el año anterior, Sábado.
Y sabía que le gustaba patear pelotas y tirar piedras a los árboles. No le gustaba el colegio, pero le gustaba aprender. (Aunque antes de entrar a primer grado, pensaba que una iba de la mano con la otra). Y sabía que en Boca antes había un jugador que se llamaba Riquelme y su papá le juraba que era muchísimo mejor que Pavón. Y eso que Pavón era el mejor ahora y hasta había ido al mundial.
Sabía que tenía dos primos, un perro y tres abuelos. Que todavía era muy chico para tener un celular. Sabía que la forma de las baldosas era cuadrada y que las estrellas están muy lejos. Que los chicos no podían tomar alcohol ni tampoco opinar de casi ninguna cosa. (Y si lo hacían, rara vez los tomaban en serio). Por eso, tampoco se animaba a decirle a nadie sobre esa palabra que tantas veces había escuchado, pero a la cual recién ahora le había prestado atención. Era mejor, seguramente, investigar por su cuenta.
Era curioso que, a pesar de ser plenamente consciente de que su casa y la calle de su casa, y el barrio donde estaba la calle de su casa y su casa (y las otras calles y casas de su barrio) eran como habían sido siempre, ya no le parecían iguales desde que esa palabra se le había venido a la mente. Y no podía evitar preguntarse porque su papá y su mamá iban a trabajar como siempre todos los días si sabían de esto. Es decir, ellos habían vivido mucho más tiempo que él, y habían sido chicos también alguna vez. Seguro sabían. Todos lo saben, en realidad. Pero, por alguna razón, parecía ser mucho más normal andar por ahí como si nada. Haciéndose los boludos.
En su habitación había un espejo. Martín se miró en él por primera vez. Ya lo había hecho otras veces claro, pero nunca de ese modo. Sintió, por primera vez, que él no era él. Que su reflejo no era el suyo, sino de otro chico de siete años con su misma cara, su mismo pelo y peinado, su misma altura, sus mismos gustos y sus mismos gestos. Todo, todo igual. Sintió por primera vez disociados su cuerpo y su alma (si era que tal cosa existía) y una sensación horripilante y muy oscura se adueño de él. Cerró los ojos muy fuerte y ya no miró más.
Esa noche, y dos o tres más después de esa, no pudo dormir. No podía parar de pensar. Las únicas veces que había dormido mal era porque le dolía la panza (especialmente después de bajarse un paquete de gomitas o comer mucho chocolate o pochoclo o...) o tenía fiebre. Esas noches sin dormir fueron distintas. Martín esperaba su oportunidad para saciar su curiosidad, lo necesitaba, por más terrible que fuese lo que pudiese encontrar.
Un día, sonó el celular de su papá, que salió del living hacia el patio de la casa, dejando su compu prendida, apoyada en la mesa. Martín, que estaba sentado en el piso mirando la tele, vio su oportunidad. Hasta había quedado Google abierto. Martín se había vuelto muy peligroso desde que había aprendido a escribir. Como todos los chicos de su generación, sabía manejar este tipo dispositivos desde mucho antes, casi desde la cuna, pero ahora no sólo abría programas y páginas web guiándose por dibujos, formas y símbolos llamativos. Ahora podía escribir. Y sabía para que se usaba Google, claro. Y sabía como se escribía la palabra que tanto quería buscar. Esa que había carcomido su mente durante todos esos últimos días. Fue buscando las teclas despacio, apretando con su dedo índice cada una de las seis letras que la componían. Fue así que Martín buscó, por primera vez y a su manera, el significado de la palabra muerte.
Sí, no era un estúpido: sabía que un día duraba veinticuatro horas, y que trescientos sesenta y cinco días duraba un año. Salvo los bisiestos. Salvo los bisiestos. El problema era otro. A duras penas recordaba que era lo que hacía o pensaba hace un año. Vaya uno a saber cuales eran sus preocupaciones por aquel entonces. Estaba seguro que no pensaba en nada parecido a lo que pensaba ahora. Ni siquiera se veía igual en la foto del jardín. No era sólo el color del guardapolvo no, ahora era mucho más alto, y estaba casi seguro que tenía menos dientes. Un año era demasiado.
El punto es que, ¿cómo iba a saber lo que es vivir toda una vida, que según lo que sabía duraba unos ochenta años masomenos, si no tenía ningún recuerdo de tres años atrás y toooooda su vida hasta ahora había durado poco más de unos siete años? Sabía su nombre, aunque no recordaba desde hacía cuanto lo sabía. Algo parecido le pasaba con su cumpleaños. Se llamaba Martín (la mayoría de las veces) y cumplía el quince de Julio. No siempre se llamaba Martín (su madre solía referirse a él en términos ridículamente cursis) ni tampoco cumplía años siempre el mismo día. En dos mil dieciocho había caído Domingo y, el año anterior, Sábado.
Y sabía que le gustaba patear pelotas y tirar piedras a los árboles. No le gustaba el colegio, pero le gustaba aprender. (Aunque antes de entrar a primer grado, pensaba que una iba de la mano con la otra). Y sabía que en Boca antes había un jugador que se llamaba Riquelme y su papá le juraba que era muchísimo mejor que Pavón. Y eso que Pavón era el mejor ahora y hasta había ido al mundial.
Sabía que tenía dos primos, un perro y tres abuelos. Que todavía era muy chico para tener un celular. Sabía que la forma de las baldosas era cuadrada y que las estrellas están muy lejos. Que los chicos no podían tomar alcohol ni tampoco opinar de casi ninguna cosa. (Y si lo hacían, rara vez los tomaban en serio). Por eso, tampoco se animaba a decirle a nadie sobre esa palabra que tantas veces había escuchado, pero a la cual recién ahora le había prestado atención. Era mejor, seguramente, investigar por su cuenta.
Era curioso que, a pesar de ser plenamente consciente de que su casa y la calle de su casa, y el barrio donde estaba la calle de su casa y su casa (y las otras calles y casas de su barrio) eran como habían sido siempre, ya no le parecían iguales desde que esa palabra se le había venido a la mente. Y no podía evitar preguntarse porque su papá y su mamá iban a trabajar como siempre todos los días si sabían de esto. Es decir, ellos habían vivido mucho más tiempo que él, y habían sido chicos también alguna vez. Seguro sabían. Todos lo saben, en realidad. Pero, por alguna razón, parecía ser mucho más normal andar por ahí como si nada. Haciéndose los boludos.
En su habitación había un espejo. Martín se miró en él por primera vez. Ya lo había hecho otras veces claro, pero nunca de ese modo. Sintió, por primera vez, que él no era él. Que su reflejo no era el suyo, sino de otro chico de siete años con su misma cara, su mismo pelo y peinado, su misma altura, sus mismos gustos y sus mismos gestos. Todo, todo igual. Sintió por primera vez disociados su cuerpo y su alma (si era que tal cosa existía) y una sensación horripilante y muy oscura se adueño de él. Cerró los ojos muy fuerte y ya no miró más.
Esa noche, y dos o tres más después de esa, no pudo dormir. No podía parar de pensar. Las únicas veces que había dormido mal era porque le dolía la panza (especialmente después de bajarse un paquete de gomitas o comer mucho chocolate o pochoclo o...) o tenía fiebre. Esas noches sin dormir fueron distintas. Martín esperaba su oportunidad para saciar su curiosidad, lo necesitaba, por más terrible que fuese lo que pudiese encontrar.
Un día, sonó el celular de su papá, que salió del living hacia el patio de la casa, dejando su compu prendida, apoyada en la mesa. Martín, que estaba sentado en el piso mirando la tele, vio su oportunidad. Hasta había quedado Google abierto. Martín se había vuelto muy peligroso desde que había aprendido a escribir. Como todos los chicos de su generación, sabía manejar este tipo dispositivos desde mucho antes, casi desde la cuna, pero ahora no sólo abría programas y páginas web guiándose por dibujos, formas y símbolos llamativos. Ahora podía escribir. Y sabía para que se usaba Google, claro. Y sabía como se escribía la palabra que tanto quería buscar. Esa que había carcomido su mente durante todos esos últimos días. Fue buscando las teclas despacio, apretando con su dedo índice cada una de las seis letras que la componían. Fue así que Martín buscó, por primera vez y a su manera, el significado de la palabra muerte.
domingo, 1 de abril de 2018
Pascuas
Todo lo que sueño es esta sombra difusa.
Nunca conocí ningún color.
Mis sueños describen el vientre sensible de un dragón,
rodeado de oro,
y las guerras,
por conquistar su tesoro.
Todo lo que deseo ya lo tengo.
Sólo quiero saber tu sabor.
Lo que tengo se dibuja en tu lengua sensible de mí,
con tu sangre que cubre mi piel,
y tus ojos,
y nuestros dedos,
y todo lo que somos,
todo lo que somos.
Tengo muchas cosas,
y, la mayoría,
tienen que ver con vos y yo.
Cosquillas en el vientre;
fuego en las entrañas.
Mueren todos;
vive el dragón.
Todos respiran dormidos,
y el humo
se llena de nubes.
Llueve y graniza en la pileta y,
mientras se cortan las alas,
nos tiramos de cabeza.
Nunca conocí ningún color.
Mis sueños describen el vientre sensible de un dragón,
rodeado de oro,
y las guerras,
por conquistar su tesoro.
Todo lo que deseo ya lo tengo.
Sólo quiero saber tu sabor.
Lo que tengo se dibuja en tu lengua sensible de mí,
con tu sangre que cubre mi piel,
y tus ojos,
y nuestros dedos,
y todo lo que somos,
todo lo que somos.
Tengo muchas cosas,
y, la mayoría,
tienen que ver con vos y yo.
Cosquillas en el vientre;
fuego en las entrañas.
Mueren todos;
vive el dragón.
Todos respiran dormidos,
y el humo
se llena de nubes.
Llueve y graniza en la pileta y,
mientras se cortan las alas,
nos tiramos de cabeza.
lunes, 12 de marzo de 2018
Trece minutos
No es un destino. Somos un bolero rodando en el aire. Somos este evidente presente que, casi por definición, comete la torpeza de ser pasajero. Somos, vos y yo, sin poder evitarlo, lo que somos ahora.
Siempre es un buen momento para escuchar esa música. Siempre es un buen momento para un insomnio y una ligera borrachera. Y siempre sé de que se trata lo que quiero escribir.
Mis sábanas blancas siempre se ven. Siempre se ven gracias a que son iluminadas, siempre, por la misma luz. Siempre es esa la luz que no se apaga nunca. Como esa música épica de fondo, que siempre me suena a estribillo.
Nunca es suficiente. Todo es épico y estimulante. Así será mientras dure, lo que dure esta canción. A veces, sólo se trata de detenerse a escuchar.
sábado, 17 de febrero de 2018
Color
Te veo acá. Me mirás de cerca. Me mirás y me decís que ya terminaste de comer. Que ya tragaste el último bocado. Cuando te beso todavía tenés gusto a jugo y chocolate.
Sí, creo recordar que así se sintió.
Recuerdo la vieja tele Grundig del año 1980 (y algo) que había en la casa de mis viejos. El primitivo control remoto (no volví a ver ninguno con un diseño similar) hacía rato que no funcionaba y, entonces, no quedaba otra que levantarse del sillón para operar el aparato usando el teclado dispuesto sobre el mismo. El punto es que, la sensación de tocarte es muy parecida a esa que sentía al apagar la tele y poner la mano cerca de la pantalla en el instante posterior, con la estática recorriendo mis dedos.
Siento claramente tus dedos entre los míos y esos abrazos tan fuertes que duelen. Se me dibujan tus uñas pintadas de rosa y tus labios pintados de rojo. Veo una foto que enfoca a un cuenco con comida rusa, porque el comensal no quiere salir en ella. Sólo deja ver su torso y sus brazos. La remera blanca ajustada resalta sus senos.
Hablamos de todo. Nos acostamos y nos dormimos. Despertamos para mirarnos un instante y volvernos a dormir. Permanecemos acostados mirando las redes sociales mientras el otro va al baño. Nos respondemos todas las historias que retratan la vista del balconcito. Recogemos, cada tanto, los envoltorios de preservativos usados. Me acompañas a tomar una birra; te acompaño hasta el auto. Me acercás a la parada y a la estación. Nos extrañamos. Nos bancamos. Si nos quedamos sin jugo vamos a comprar al chino o al Día o al Coto. Sino, cada tanto preparás un jugo de sobre. Me levanto temprano, me ducho y te miro acostada, y te ataco para levantarte. Pedimos comida y siempre sobra. Si estamos ratas comemos fideos. Nos emborrachamos de tanto estar juntos y nos decimos reiteradamente un millón de veces que somos lindos.
Pienso en vos hasta en los momentos más ridículos.
Recuerdo la vieja tele Grundig del año 1980 que había en la casa de mis viejos. Me acuerdo del viejo control remoto. Y también me olvido, a veces, de muchas otras cosas.
Sí, creo recordar que así se sintió.
Recuerdo la vieja tele Grundig del año 1980 (y algo) que había en la casa de mis viejos. El primitivo control remoto (no volví a ver ninguno con un diseño similar) hacía rato que no funcionaba y, entonces, no quedaba otra que levantarse del sillón para operar el aparato usando el teclado dispuesto sobre el mismo. El punto es que, la sensación de tocarte es muy parecida a esa que sentía al apagar la tele y poner la mano cerca de la pantalla en el instante posterior, con la estática recorriendo mis dedos.
Siento claramente tus dedos entre los míos y esos abrazos tan fuertes que duelen. Se me dibujan tus uñas pintadas de rosa y tus labios pintados de rojo. Veo una foto que enfoca a un cuenco con comida rusa, porque el comensal no quiere salir en ella. Sólo deja ver su torso y sus brazos. La remera blanca ajustada resalta sus senos.
Hablamos de todo. Nos acostamos y nos dormimos. Despertamos para mirarnos un instante y volvernos a dormir. Permanecemos acostados mirando las redes sociales mientras el otro va al baño. Nos respondemos todas las historias que retratan la vista del balconcito. Recogemos, cada tanto, los envoltorios de preservativos usados. Me acompañas a tomar una birra; te acompaño hasta el auto. Me acercás a la parada y a la estación. Nos extrañamos. Nos bancamos. Si nos quedamos sin jugo vamos a comprar al chino o al Día o al Coto. Sino, cada tanto preparás un jugo de sobre. Me levanto temprano, me ducho y te miro acostada, y te ataco para levantarte. Pedimos comida y siempre sobra. Si estamos ratas comemos fideos. Nos emborrachamos de tanto estar juntos y nos decimos reiteradamente un millón de veces que somos lindos.
Pienso en vos hasta en los momentos más ridículos.
Recuerdo la vieja tele Grundig del año 1980 que había en la casa de mis viejos. Me acuerdo del viejo control remoto. Y también me olvido, a veces, de muchas otras cosas.
domingo, 17 de diciembre de 2017
Gotas
Y al fin te encontré y pude mirarte directamente a los ojos. Y al fin las paredes hablan y dibujan con sol y agua todo lo que en ellos se refleja. Verdes y marrones son los colores de las gotas que caen sobre tus cuencas y los forman.
Cae el sol y las gotas sobre el río. Crece el calor y el pasto y los bichos. Ya no recordamos el principio del fin de nuestra historia, mas ya sabemos como terminan todos los finales. De los Incas, Elcano, Crámer, Virrey del Pino y José Hernandez. Y hasta Pampa y Vidal. También te encontré en unos boletos de cine, en un vaso de birra y en un gol de Palermo. Te encontré en mis brazos y en Pinamar. Te encontré en la tormenta y en todos los fuegos. Te quiero hasta en los pelos de la nariz.
En algún lugar yo me había perdido, pero hoy me quedo tranquilo. Hoy te miré y recordé. No me acuerdo de nada. Pero hoy me encontré. No sé donde, pero en algún lugar yo estoy. Y ese es el fin.
Cae el sol y las gotas sobre el río. Crece el calor y el pasto y los bichos. Ya no recordamos el principio del fin de nuestra historia, mas ya sabemos como terminan todos los finales. De los Incas, Elcano, Crámer, Virrey del Pino y José Hernandez. Y hasta Pampa y Vidal. También te encontré en unos boletos de cine, en un vaso de birra y en un gol de Palermo. Te encontré en mis brazos y en Pinamar. Te encontré en la tormenta y en todos los fuegos. Te quiero hasta en los pelos de la nariz.
En algún lugar yo me había perdido, pero hoy me quedo tranquilo. Hoy te miré y recordé. No me acuerdo de nada. Pero hoy me encontré. No sé donde, pero en algún lugar yo estoy. Y ese es el fin.
jueves, 26 de octubre de 2017
Todos mis Octubres
Es extraño tener recuerdos frescos de cosas que pasaron hace veinte años.
El día que Maradona jugó su último partido, vaya paradoja, fue el día me interesé en el fútbol. Tenía 8 años e iba a segundo grado. Diego ese día no pudo con su alma y poco hizo por Boca. Recuerdo la cortina de Bermúdez a Burgos. Y recuerdo aún más a Palermo colgándose del cielo sin bajarse nunca, como haría tantas otras veces después, sacándose la camiseta en el festejo y tirándola por ahí, vaya uno a saber dónde, bajo la lluvia de Nuñez. Una lluvia que, después de un pesado día de Octubre, trajo alivio. Y sí, también me acuerdo que era ese mismo Palermo de pelo platinado que sería un póster de mi pieza varios años, con una remera de Pepsi parte de una campaña publicitaria.
Doce años después, Martín haría el mismo gol, bajo la misma lluvia, en el mismo estadio y también contra un equipo de camiseta con una banda roja sobre fondo blanco. En 1997 Palermo, luego máximo goleador histórico de Boca, era aún mirado con cierto recelo por los hinchas hasta junto antes de meter ese gol. Y en 2009 redimiría su imagen con la camiseta de la selección Argentina, salvándola de la eliminación contra Perú. Y yo acá acordándome que Riquelme, sin usar la 10, porque todavía era de Diego, entró a jugar el segundo tiempo de ese partido de hace ya veinte años.
Yo acá pensando en que es Octubre y mañana me recibo. Que el primer Viernes de este mes te recibiste vos y este, a la misma ahora, y en la misma aula, me toca a mí. No es mucha diferencia, tres semanas...que puede pasar en el lapso de tres semanas? Acaso había tiempo de que pasase algo en esos dos fines de semana entre tu recibida y la mía?
Practicaste tu charla conmigo y nos dimos un abrazo, y ayer me devolviste el favor. Y hoy me terminé lo que quedaba de esa pizza horrible.
Pueden pasar muchas cosas en Octubre. Y el tiempo es. No quiero caer en la boludez y decir que es "relativo"...pero el tiempo tiene esas cosas. En apenas un par de semanas pueden pasar cosas y, sin embargo, muchas cosas que pensábamos muy duraderas ya no están: Palermo y Riquelme, por ejemplo, en 1997, eran más jóvenes que vos ahora y, sin embargo, sólo 20 años después, a esto que es el fútbol ya hace un rato largo que no juegan. Es como si una parte de ellos (y de mí) se hubiese muerto para siempre en un derroche de nostalgia.
Y todo esto que pienso pasó hace dos décadas. Y también pasó hace dos semanas.
Y en 2009, ese día de Octubre de la redención de Palermo con la selección, yo cursaba el primer cuatrimestre en la facultad...y estaba lejísimos de conocerte y por supuesto ya a esa altura me sonaban muy lejanos mis recuerdos del River-Boca de 1997.
No sé porque estoy metiendo lo nuestro en mis recuerdos de fútbol. No sé porque recuerdo tantas cosas de hace tanto tiempo con tanto detalle y todavía no sé cual es el modelo de tu auto, a pesar de que volví a subirme ayer, y a pesar de que me volviste a decir cual era el Sábado pasado.
¿cómo hago para olvidar ese gol de Palermo?¿cómo hago para recordar todo lo que va a pasar mañana?
Mejor bailemos y no nos digamos nada. Nunca más.
El día que Maradona jugó su último partido, vaya paradoja, fue el día me interesé en el fútbol. Tenía 8 años e iba a segundo grado. Diego ese día no pudo con su alma y poco hizo por Boca. Recuerdo la cortina de Bermúdez a Burgos. Y recuerdo aún más a Palermo colgándose del cielo sin bajarse nunca, como haría tantas otras veces después, sacándose la camiseta en el festejo y tirándola por ahí, vaya uno a saber dónde, bajo la lluvia de Nuñez. Una lluvia que, después de un pesado día de Octubre, trajo alivio. Y sí, también me acuerdo que era ese mismo Palermo de pelo platinado que sería un póster de mi pieza varios años, con una remera de Pepsi parte de una campaña publicitaria.
Doce años después, Martín haría el mismo gol, bajo la misma lluvia, en el mismo estadio y también contra un equipo de camiseta con una banda roja sobre fondo blanco. En 1997 Palermo, luego máximo goleador histórico de Boca, era aún mirado con cierto recelo por los hinchas hasta junto antes de meter ese gol. Y en 2009 redimiría su imagen con la camiseta de la selección Argentina, salvándola de la eliminación contra Perú. Y yo acá acordándome que Riquelme, sin usar la 10, porque todavía era de Diego, entró a jugar el segundo tiempo de ese partido de hace ya veinte años.
Yo acá pensando en que es Octubre y mañana me recibo. Que el primer Viernes de este mes te recibiste vos y este, a la misma ahora, y en la misma aula, me toca a mí. No es mucha diferencia, tres semanas...que puede pasar en el lapso de tres semanas? Acaso había tiempo de que pasase algo en esos dos fines de semana entre tu recibida y la mía?
Practicaste tu charla conmigo y nos dimos un abrazo, y ayer me devolviste el favor. Y hoy me terminé lo que quedaba de esa pizza horrible.
Pueden pasar muchas cosas en Octubre. Y el tiempo es. No quiero caer en la boludez y decir que es "relativo"...pero el tiempo tiene esas cosas. En apenas un par de semanas pueden pasar cosas y, sin embargo, muchas cosas que pensábamos muy duraderas ya no están: Palermo y Riquelme, por ejemplo, en 1997, eran más jóvenes que vos ahora y, sin embargo, sólo 20 años después, a esto que es el fútbol ya hace un rato largo que no juegan. Es como si una parte de ellos (y de mí) se hubiese muerto para siempre en un derroche de nostalgia.
Y todo esto que pienso pasó hace dos décadas. Y también pasó hace dos semanas.
Y en 2009, ese día de Octubre de la redención de Palermo con la selección, yo cursaba el primer cuatrimestre en la facultad...y estaba lejísimos de conocerte y por supuesto ya a esa altura me sonaban muy lejanos mis recuerdos del River-Boca de 1997.
No sé porque estoy metiendo lo nuestro en mis recuerdos de fútbol. No sé porque recuerdo tantas cosas de hace tanto tiempo con tanto detalle y todavía no sé cual es el modelo de tu auto, a pesar de que volví a subirme ayer, y a pesar de que me volviste a decir cual era el Sábado pasado.
¿cómo hago para olvidar ese gol de Palermo?¿cómo hago para recordar todo lo que va a pasar mañana?
Mejor bailemos y no nos digamos nada. Nunca más.
martes, 17 de octubre de 2017
Santiago
78 días no estuviste. Y no sé todavía si estás. Dicen que eso que está ahí tal vez seas vos.
O eras vos.
No sé si creerles.
Esto es una caricatura.
Y mientras tanto yo vivo y todos los demás vivimos. Y a los dinosaurios de siempre no se les cae nunca la careta, salen de su cementerio y se devoran la tierra. Te desafían a muerte si se ensucia el estadio de Racing y casi que se ríen de que vos aparezcas...así. Al menos apareció, dirán. Ese hippie mugroso se lo buscó.
Si Chile se queda afuera del mundial, los "insultamos" diciendo que son "mapuches".
Y en mi vida pasan los fernet, los entredichos y las birras. Los Viernes incomprensibles. Todos los pensamientos que me carcomen y los power points insulsos y entonces me acuerdo de vos. Y yo pensando en mis boludeces.
Y de golpe los dinosaurios dicen insensibles: "hallaron un cuerpo en el Río Chubut" y vos que sólo estuviste ahí un primero de Agosto defendiendo lo que creías. Y yo en mi departamento burgués escribiendo en mi laptop.
78 días estuviste. Y sé que todavía estás. Nunca desapareciste
Presentes están los 30000. Ninguna lucha es efímera. Porque aunque Marzo del '76 suene lejos, esto también tiene que ver con eso. Y todo eso tiene que ver con todos nosotros. Porque buscamos derechos. Buscamos hablar. Buscamos luchar.
Porque aunque les digan de todo, las mujeres luchan, más que nunca. Y se me infla el pecho de orgullo por su Resistencia. Y eso también tiene que ver con todo esto que pasa
Que no me vengan más con sus excusas de fachos. Son los mismos siempre. Los mismos de la "tierra plana", del "algo habrán hecho", los que hoy se excusan por lo que es indefendible.
Ninguno que lucha desaparece.
Nunca.
O eras vos.
No sé si creerles.
Esto es una caricatura.
Y mientras tanto yo vivo y todos los demás vivimos. Y a los dinosaurios de siempre no se les cae nunca la careta, salen de su cementerio y se devoran la tierra. Te desafían a muerte si se ensucia el estadio de Racing y casi que se ríen de que vos aparezcas...así. Al menos apareció, dirán. Ese hippie mugroso se lo buscó.
Si Chile se queda afuera del mundial, los "insultamos" diciendo que son "mapuches".
Y en mi vida pasan los fernet, los entredichos y las birras. Los Viernes incomprensibles. Todos los pensamientos que me carcomen y los power points insulsos y entonces me acuerdo de vos. Y yo pensando en mis boludeces.
Y de golpe los dinosaurios dicen insensibles: "hallaron un cuerpo en el Río Chubut" y vos que sólo estuviste ahí un primero de Agosto defendiendo lo que creías. Y yo en mi departamento burgués escribiendo en mi laptop.
78 días estuviste. Y sé que todavía estás. Nunca desapareciste
Presentes están los 30000. Ninguna lucha es efímera. Porque aunque Marzo del '76 suene lejos, esto también tiene que ver con eso. Y todo eso tiene que ver con todos nosotros. Porque buscamos derechos. Buscamos hablar. Buscamos luchar.
Porque aunque les digan de todo, las mujeres luchan, más que nunca. Y se me infla el pecho de orgullo por su Resistencia. Y eso también tiene que ver con todo esto que pasa
Que no me vengan más con sus excusas de fachos. Son los mismos siempre. Los mismos de la "tierra plana", del "algo habrán hecho", los que hoy se excusan por lo que es indefendible.
Ninguno que lucha desaparece.
Nunca.
sábado, 14 de octubre de 2017
De los Incas
Yo me quedé varado ayer en algún lugar entre Belgrano y Colegiales.
Las rayas de tus medias tienen líneas de distinto grosor y no me acuerdo todos sus colores. Viniste muy abrigada y, en algún momento, te sacaste el calzado. Y yo hablando mucho, acostado en el silloncito sucio, sin saber lo que decía. Sin saber que dije. Sin saber que decir.
Y no saber. No saber si estamos muy cerca o muy lejos. No saber que nos pasa, ni que debería pasarnos, ni que deberíamos sentir. Y no sé si acercarme o no. Y vos tampoco. Te estás por ir pero no te vas, porque ambos sabemos que querés irte...pero también quedarte un rato más. Y en una de esas me pediste algo de jugo cepita que tenía en la heladera, y que no se llegó a terminar hasta mucho después.
Y no sé cuando te abracé, ni cuanto te abracé. No sé si fue lo suficientemente fuerte, ni lo suficientemente largo. Si no hubiese sido porque te hubiese dolido (y mis fuerzas son limitadas) te hubiese estrujado los huesos y quedarnos así siempre. Es que en la vida la mayor parte de los días no pasa nada y ayer no fue uno de esos días. Ayer es algo que voy a tener por ahí dando vueltas en mi cabeza todo el tiempo. Siempre. Y algunas cosas no deberían ser tan fugaces. No sé si tuve todo el tiempo que necesitaba para mirarte a los ojos. No sé cuando nos soltamos. No sé cuando fue que me dijiste que ya no te molestaba que estuviese cerca y que.
Ya me habías dado vuelta con un "tal vez". Un "tal vez" era mucho más de lo que yo podía concebir. No sé si notaste mi temblor, mientras buscaba el vaso para servirte jugo. Cuando ya sabía que no había estado tan loco, que podía ser que te gustase un poquito. Un poquito. Ya el mundo era para siempre distinto y el fin de una historia que ya estaba escrita se derrumbó en mil pedazos. Agarraste todas las piezas del rompecabezas y las tiraste a la mierda. Y que quede claro, de eso te estoy profundamente agradecido. No sé que es lo que hacés para que todo te quede bien.
Y acá estoy. Son muy pocas horas para procesar nada. Y como ayer, pienso mucho y no sé que decir.
Entre Belgrano y Colegiales me quedé, caminando por una cornisa y cayéndome siempre en la última vez que te ví, mientras tu auto blanco daba la vuelta por De los Incas.
Las rayas de tus medias tienen líneas de distinto grosor y no me acuerdo todos sus colores. Viniste muy abrigada y, en algún momento, te sacaste el calzado. Y yo hablando mucho, acostado en el silloncito sucio, sin saber lo que decía. Sin saber que dije. Sin saber que decir.
Y no saber. No saber si estamos muy cerca o muy lejos. No saber que nos pasa, ni que debería pasarnos, ni que deberíamos sentir. Y no sé si acercarme o no. Y vos tampoco. Te estás por ir pero no te vas, porque ambos sabemos que querés irte...pero también quedarte un rato más. Y en una de esas me pediste algo de jugo cepita que tenía en la heladera, y que no se llegó a terminar hasta mucho después.
Y no sé cuando te abracé, ni cuanto te abracé. No sé si fue lo suficientemente fuerte, ni lo suficientemente largo. Si no hubiese sido porque te hubiese dolido (y mis fuerzas son limitadas) te hubiese estrujado los huesos y quedarnos así siempre. Es que en la vida la mayor parte de los días no pasa nada y ayer no fue uno de esos días. Ayer es algo que voy a tener por ahí dando vueltas en mi cabeza todo el tiempo. Siempre. Y algunas cosas no deberían ser tan fugaces. No sé si tuve todo el tiempo que necesitaba para mirarte a los ojos. No sé cuando nos soltamos. No sé cuando fue que me dijiste que ya no te molestaba que estuviese cerca y que.
Ya me habías dado vuelta con un "tal vez". Un "tal vez" era mucho más de lo que yo podía concebir. No sé si notaste mi temblor, mientras buscaba el vaso para servirte jugo. Cuando ya sabía que no había estado tan loco, que podía ser que te gustase un poquito. Un poquito. Ya el mundo era para siempre distinto y el fin de una historia que ya estaba escrita se derrumbó en mil pedazos. Agarraste todas las piezas del rompecabezas y las tiraste a la mierda. Y que quede claro, de eso te estoy profundamente agradecido. No sé que es lo que hacés para que todo te quede bien.
Y acá estoy. Son muy pocas horas para procesar nada. Y como ayer, pienso mucho y no sé que decir.
Entre Belgrano y Colegiales me quedé, caminando por una cornisa y cayéndome siempre en la última vez que te ví, mientras tu auto blanco daba la vuelta por De los Incas.
martes, 26 de septiembre de 2017
Yo
Si pudiera escribir sobre algo, sería sobre tus ojos azules.
También escribiría sobre las charlas del torpe y lento ascensor, siempre tan inconducentes. Por ejemplo, del viejo que me crucé hoy y que me dijo que el número trece es su favorito, por alguna razón. Podría hablar del nene que prefiere jugar a la play en lugar de merendar con su vieja.
Podría escribir sobre la lluvia y los colectivos; sobre los trenes y las tesis.
Podría escribir que bailamos un tema del potro Rodrigo.
Podría decir que hablamos ayer por teléfono cuarenta y cinco minutos.
Podría decir que hablamos de militancia y política. Que nos mandamos audio tras audio de cinco minutos.
Podría decir que cogimos.
Podría decir que.
Si pudiese escribir le contaría al mundo de vos. Les contaría que no te conozco, pero los anteojos de sol te quedan re cancheros.
Hablaría de tu tatuaje y tus piercings. Pero más hablaría de vos.
Hablaría de tu cerveza, con vos.
Si pudiese escribir, escribiría sobre Crámer, los virreyes y ese nudo que se hace ahí.
Si pudiera escribir algo, sería sobre tus ojos negros.
Escribiría sobre tu femenismo y sobre tus ideales.
Diría en voz alta que vos tenés todo lo que me gusta. Que sos Mafalda con puntos suspensivos.
Podría llegar a hablar de que te crucé en un 42, y que compartimos una birra mientras me contabas de donde habías sacado las naranjas.
Podría decir que estoy muy confundido. Y que me encanta que te hayan hecho el desayuno. Y que hablamos de tu ¿ex? Que hablamos y hablamos y hablamos.
Pero prefiero pensar en mí.
También escribiría sobre las charlas del torpe y lento ascensor, siempre tan inconducentes. Por ejemplo, del viejo que me crucé hoy y que me dijo que el número trece es su favorito, por alguna razón. Podría hablar del nene que prefiere jugar a la play en lugar de merendar con su vieja.
Podría escribir sobre la lluvia y los colectivos; sobre los trenes y las tesis.
Podría escribir que bailamos un tema del potro Rodrigo.
Podría decir que hablamos ayer por teléfono cuarenta y cinco minutos.
Podría decir que hablamos de militancia y política. Que nos mandamos audio tras audio de cinco minutos.
Podría decir que cogimos.
Podría decir que.
Si pudiese escribir le contaría al mundo de vos. Les contaría que no te conozco, pero los anteojos de sol te quedan re cancheros.
Hablaría de tu tatuaje y tus piercings. Pero más hablaría de vos.
Hablaría de tu cerveza, con vos.
Si pudiese escribir, escribiría sobre Crámer, los virreyes y ese nudo que se hace ahí.
Si pudiera escribir algo, sería sobre tus ojos negros.
Escribiría sobre tu femenismo y sobre tus ideales.
Diría en voz alta que vos tenés todo lo que me gusta. Que sos Mafalda con puntos suspensivos.
Podría llegar a hablar de que te crucé en un 42, y que compartimos una birra mientras me contabas de donde habías sacado las naranjas.
Podría decir que estoy muy confundido. Y que me encanta que te hayan hecho el desayuno. Y que hablamos de tu ¿ex? Que hablamos y hablamos y hablamos.
Pero prefiero pensar en mí.
lunes, 21 de agosto de 2017
Destino
El Viernes, cuando estaba yo volviendo del colectivo, se subió una mina al 194. Se sentó (muy brevemente) al lado mío. Instantes después, se levantó y se fue a sentar a otro asiento, por el mero hecho de que observó que había un par de una fila libre y podía en uno apoyar su cartera y sentarse en el otro. El lugar donde se sentó se encontraba detrás mío y por delante de la puerta trasera del colectivo.
La mina no se había subido mucho antes de que a mí me tocase bajar. Habrían pasado dos minutos y yo ya llegaba al puente de la av. de los Inmigrantes en Escobar. Y entonces, fue cuando sucedió.
Transcurría yo por el pasillo camino a la puerta de atrás del bondi e inevitablemente me iba a acercando a la fila donde ella se hallaba sentada. Y fue así que, casi sin querer, de un modo espontáneo, la miré. Y me surgió sonreirle. Lo increíble fue que respondió a mi mirada y, muy despacio, me devolvió la sonrisa: fue una sonrisa tremenda, de labios rojos muy bien pintados y de dientes demasiado blancos, que hicieron que su pelo castaño fuese...no sé. No sé como decirlo.
Pero yo. Yo me encaminaba muy lentamente hacia la puerta, puesto que el colectivo se acercaba (mucho más rápido) hacia mi inevitable destino. Nunca había sido tan inoportuna una llegada a casa.
Por un instante se dio vuelta y miró de reojo, pero para mi decepción volvió de nuevo la cabeza y ya llegando y yo por bajarme, sólo el plástico gris de la parte de atrás de su asiento me devolvía la mirada.
Y cuando no me quedaba otra que pensar, pensar en como se llama, pensar en su número de teléfono, pensar dónde o cuando la iba a volver a encontrar, llegamos y tuve que bajarme.
Y estúpidamente, cuando bajé, porque el colectivo ya arrancaba muy rápido de nuevo, corrí un poco, hasta alcanzar su ventana. Y ella ya me estaba esperando: esta vez la sonrisa fue mucho más grande y me despidió con la mano mientras se reía y yo apenas si alcancé a devolverle el saludo antes de verla por última vez.
Y nunca supe como se llama, ni cómo se oye su voz, ni cual es su gusto de helado favorito.
La mina no se había subido mucho antes de que a mí me tocase bajar. Habrían pasado dos minutos y yo ya llegaba al puente de la av. de los Inmigrantes en Escobar. Y entonces, fue cuando sucedió.
Transcurría yo por el pasillo camino a la puerta de atrás del bondi e inevitablemente me iba a acercando a la fila donde ella se hallaba sentada. Y fue así que, casi sin querer, de un modo espontáneo, la miré. Y me surgió sonreirle. Lo increíble fue que respondió a mi mirada y, muy despacio, me devolvió la sonrisa: fue una sonrisa tremenda, de labios rojos muy bien pintados y de dientes demasiado blancos, que hicieron que su pelo castaño fuese...no sé. No sé como decirlo.
Pero yo. Yo me encaminaba muy lentamente hacia la puerta, puesto que el colectivo se acercaba (mucho más rápido) hacia mi inevitable destino. Nunca había sido tan inoportuna una llegada a casa.
Por un instante se dio vuelta y miró de reojo, pero para mi decepción volvió de nuevo la cabeza y ya llegando y yo por bajarme, sólo el plástico gris de la parte de atrás de su asiento me devolvía la mirada.
Y cuando no me quedaba otra que pensar, pensar en como se llama, pensar en su número de teléfono, pensar dónde o cuando la iba a volver a encontrar, llegamos y tuve que bajarme.
Y estúpidamente, cuando bajé, porque el colectivo ya arrancaba muy rápido de nuevo, corrí un poco, hasta alcanzar su ventana. Y ella ya me estaba esperando: esta vez la sonrisa fue mucho más grande y me despidió con la mano mientras se reía y yo apenas si alcancé a devolverle el saludo antes de verla por última vez.
Y nunca supe como se llama, ni cómo se oye su voz, ni cual es su gusto de helado favorito.
domingo, 18 de junio de 2017
Asíntota
¿te conté alguna vez sobre nosotros dos? Creo que nunca te dije que. Que tu cara se me dibuja delante del monitor mientras escribo. Si hasta a veces tengo cosas que hacer y te me aparecés ahí, flotando suavemente sobre la planilla de Excel, como un fantasmita que no me quiere dejar, cerca mío. Y, por alguna razón, cuando por fin podemos vernos, ya te estoy extrañando mientras charlamos. Y cuando te hablo, tengo que apoyar mi codo en la mesa y mi cara inclinada, de costado sobre la mano cuyo codo está apoyado en la mesa, y los dedos de esa mano levantándome el pelo. Tengo que hacerlo por el mero hecho de que creo que así mis palabras suenan más interesantes, y esa mirada, junto a otras cosas, harán que te sientas perdida por mí. Y pienso en tus labios, tus dientes y tus ojos negros. En ese mechón de pelo que se derrama en tu cara y que tengo que acomodar detrás de tu oreja, deseando fervientemente que vuelva a caer, para que el proceso se repita torpemente y nunca termine.
Pero no somos nosotros dos, yo acá estoy bien solo. Y tu nariz y tus bigotes y tus brazos nunca estuvieron más lejos. Y quisiera poder acercarme más. ¿cuánto puedo acercarme sin tocarte? Mmm, creo que ambos entendemos el concepto de asíntota.
Pero no somos nosotros dos, yo acá estoy bien solo. Y tu nariz y tus bigotes y tus brazos nunca estuvieron más lejos. Y quisiera poder acercarme más. ¿cuánto puedo acercarme sin tocarte? Mmm, creo que ambos entendemos el concepto de asíntota.
sábado, 29 de abril de 2017
Tiempo de paz
No se trata sólo de eso. No son son sólo las ganas de besarte ni de verte todo el tiempo. Mucho menos las ganas de mirarte todo el tiempo directamente a los ojos. No se trata, la puta madre, de ese nudo situado sobre el infinito abismo en el que quiero poder sumergirme para todos los tiempos y que preciso indefectiblemente desatar.
No se trata de nada de eso. Lo que quiero decirte podría, tal vez, llegar a parecerse o acercarse a cada una de tus sonrisas. Muy cursi esta última oración, sí. Pero me temo que no es sólo eso. Y no se trata, solamente, de poder sacarte a bailar en la puerta. Y que queda tan cerca de. No, de eso mejor no hablar ahora.
Lo que quiero poder decir es otra cosa. Quiero decir que podría en algún momento simplemente derrumbarme. Derrumbarme dos o tres veces y volver. Estaría dispuesto a hincarme ante vos. Ofrecerte mi espada y mis servicios. Morir atropellado por cruzar mal la calle por llegar a la otra esquina y poder, por fin abrazarte, aplastado contra el pavimento. Y sin embargo, esto que te escribo en forma tan personal y directa a vos en este párrafo no expresa, todavía, lo que quiero decir. Y no, no estoy tan loco para perder la cabeza por vos después de haberte visto dos o tres veces. No, pero me alcanza para darme cuenta que, tal vez, para la quinta o la décima podría llegar a pasar.
Y si he de pelear una guerra, no quiero ser un mercenario. Quiero pelear por una causa justa y lucir con orgullo mis cicatrices.
Que lástima que no haya necesidad de soldados...y que todos los semáforos estén rojos.
Ay, si no queda otra, señora, dado que no me quiere para la guerra, tal vez no quede otra que quitarme el uniforme y servirle como un simple civil.
Pero, sin ánimo de pecar de pedante, le puedo asegurar que soy un guerrero bastante decente. Una pena (para ambos) poder servirle de ese modo. No lo tome a mal.
No se trata de nada de eso. Lo que quiero decirte podría, tal vez, llegar a parecerse o acercarse a cada una de tus sonrisas. Muy cursi esta última oración, sí. Pero me temo que no es sólo eso. Y no se trata, solamente, de poder sacarte a bailar en la puerta. Y que queda tan cerca de. No, de eso mejor no hablar ahora.
Lo que quiero poder decir es otra cosa. Quiero decir que podría en algún momento simplemente derrumbarme. Derrumbarme dos o tres veces y volver. Estaría dispuesto a hincarme ante vos. Ofrecerte mi espada y mis servicios. Morir atropellado por cruzar mal la calle por llegar a la otra esquina y poder, por fin abrazarte, aplastado contra el pavimento. Y sin embargo, esto que te escribo en forma tan personal y directa a vos en este párrafo no expresa, todavía, lo que quiero decir. Y no, no estoy tan loco para perder la cabeza por vos después de haberte visto dos o tres veces. No, pero me alcanza para darme cuenta que, tal vez, para la quinta o la décima podría llegar a pasar.
Y si he de pelear una guerra, no quiero ser un mercenario. Quiero pelear por una causa justa y lucir con orgullo mis cicatrices.
Que lástima que no haya necesidad de soldados...y que todos los semáforos estén rojos.
Ay, si no queda otra, señora, dado que no me quiere para la guerra, tal vez no quede otra que quitarme el uniforme y servirle como un simple civil.
Pero, sin ánimo de pecar de pedante, le puedo asegurar que soy un guerrero bastante decente. Una pena (para ambos) poder servirle de ese modo. No lo tome a mal.
domingo, 19 de marzo de 2017
jashasjd
Te encontraré en mis sueños, para borrar el tiempo. Ahí, estoy seguro, nadie nos va a molestar. Te llevaré de la mano, flotando, a dar una vuelta por esa nube y con tus dedos robarás gotas de lluvia. Sin paraguas, desahuciado por haberme empapado, me recordarás que te gustan los truenos y las gotas contra la ventana...y bajaremos de nuevo a comer un helado de chocolate con almendras. O lo que sea. Haremos lo que sea, lo que queramos, porque estaremos dispersados y flotando en uno de mis sueños. Y en dos o tres también.
Voy a embarrarme los zapatos y desabrocharme el botón de arriba de la camisa. Y también las mangas. Y cuando vuelva el sol y se vaya el frío, me despertaré y recordaré que sos de verdad, y antes de irme a dormir de nuevo, tal vez te invite a salir a cumplir algún sueño, si querés.
Voy a embarrarme los zapatos y desabrocharme el botón de arriba de la camisa. Y también las mangas. Y cuando vuelva el sol y se vaya el frío, me despertaré y recordaré que sos de verdad, y antes de irme a dormir de nuevo, tal vez te invite a salir a cumplir algún sueño, si querés.
martes, 14 de febrero de 2017
Mitosis
Tenía cuatro ojos y dos narices. Tenía cuatro brazos y era hermafrodita. Y sin embargo (que triste) se escindió en dos. Y los perfectos seres humanos que resultaron de la división, ya no me parecían tan interesantes.
lunes, 13 de febrero de 2017
Mañana
No quiero olvidar lo que he sido. No quiero ser lo que nunca fui. No quiero perder lo que soy en estas palabras. Soy en este momento estas pocas palabras y soy eso y nada más soy ahora.
Por hoy soy lo que escribo y, cuando ya no lo sea, al leer esto nuevamente, no recordaré nunca más lo que alguna vez fui: Lo que hoy soy, lo que ayer fui e incluso lo que mañana seré.
Por hoy soy lo que escribo y, cuando ya no lo sea, al leer esto nuevamente, no recordaré nunca más lo que alguna vez fui: Lo que hoy soy, lo que ayer fui e incluso lo que mañana seré.
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